El pasado domingo fuimos (cualquiera les decía que no a mis padres) a dar una vuelta para ver cómo iban los preparativos de Feria: si los farolillos estaban correctamente colocados, si la cerveza estaba buena, si los cacharritos estaban funcionando,... Lo que se llama preferia, vamos.
Antes de ir, ayudé a mi abuelo Juan a limpiar la chimenea, una vez terminada la temporada de invierno.
Ya en el recinto ferial, mis papás me llevaron a los cacharritos. Después seguro que se quejan de que no quiero bajarme, que hay que ver lo caros que están, que esta niña todo el día en el Scalextric o en los ponis. Aclaro esto porque fueron ellos los que empezaron. Mi papá me proponía unas atracciones en las que él podía estar al lado mía, pero no eran las que me gustaban: el Scalextric o los coches locos. Como todavía no me ven conduciendo sola, optaron por lo primero. Al principio (cuando estaba parado) iba bien; luego (cuando comenzó a andar) no iba tan bien. Cada vez estaba más seria y al final tuvieron que parar para bajarme (cuando empecé a llorar). Ahí terminó mi relación con los cacharritos esta Feria. El año que viene se van a enterar.
Después, lo típico de estas fiestas: nos encontramos con los amigos de mis papás, nos fuimos de copitas e incluso me eché mi siesta, como el año pasado. Algo no habitual era la presencia de Nicolás, que venía por primera vez (el año pasado se negó a estar en la Feria).
Para rematar, el chocolate con churros de los Hermanos Pernía. Vaya día más completo. Esto promete.