Hace un par de años, mis papás aprovecharon las vacaciones de Navidad para pasarme del capazo en su cuarto a la cuna en el mío. El sábado pasado (en esta ocasión han esperado a que pase todo el jaleo) dormí por primera vez solita en mi cama. Estuve toda la tarde con ellos desmontando la cuna, pasando la cama a mi cuarto y colocando una puerta en la escalera por si me da por levantarme en medio de la noche.
Aunque estaba muy contenta, diciendo cada dos por tres !Adiós, cunita! ¡Hola, camita!, mis papás temían que no me quisiese dormir llegado el momento de la verdad, como ocurrió no hace mucho.
¡Pues no! Dormí de un tirón toda la noche y no lloré ni llamé a mis papás ni nada parecido. ¡Cómo voy a llorar con una cama tan bonita, con su cobertor (o cobertón, como decimos por aquí) de Blancanieves! La verdad es que se ve como un dormitorio de niña; ya no es de bebé.